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11. Un señor igualito a él

Cariñito, dónde te hallas; con quién te andarás paseando. 

Presiento que no me engañas, por eso te ando buscando. 

Vengo de tierras lejanas, nomás por ti preguntando.

-Bulmaro Bermúdez Gómez (“Caminos de Michoacán”)

Más o menos pasó así. Aurelio llegó a Torreón por allá a mediados de la década de 1930. Tenía 16 años y hacía unos diez meses se había salido de su pueblo michoacano, cerca de La Piedad, buscando unirse a los trabajadores ferroviarios en el oeste de Estados Unidos. Andando por Sonora supo que un primo suyo tenía un rango militar importante y que estaba acuartelado en Torreón, así que quiso venir para pedirle que lo enlistara en su regimiento, y se trepó al tren que lo trajo a esta ciudad en el ombligo del norte. 

Dice la historia que el primo poco caso le hizo y Aurelio mejor consiguió trabajo en el mercado Villa, aquel que el gobierno destruyó hace no mucho para erigir la nueva presidencia municipal. Ahí estuvo algunos meses, cargando costales y rejas de aquí para allá. 

Nunca contó en dónde dormía ni qué hacía con su tiempo libre, pero ya viejo confesó que en esos meses conoció a una muchacha, y le ponemos color a la historia si decimos que se echaron el ojo dándole vueltas a la Plaza de Armas; él en el sentido del reloj, ella en contra, siempre en grupo y no más de cinco veces para no andarse exhibiendo. Se conocieron y se juntaron, y así les nació un niño.

Ya tendría poco menos de 90 años cuando Don Aurelio entequilado, allá en su casa zacatecana, decidió contarle la historia a un sobrino suyo que coincidentemente vivía en Torreón. Que con el niño todavía chicanillo, dijo, la muchacha, unos años mayor que él, le había dicho que todavía lo veía muy joven, que le siguiera con su vida, y contó que se trepó de nuevo al tren, ahora rumbo a Zacatecas, y que nunca volvió a ver a su primer hijo. Pero no ha de ser cierto, cómo va a ser; o lo corrieron a la mala o se peló.

Una de sus hijas aclaró la historia años después del funeral. Aurelio tenía unos amigos en Gómez Palacio con los que jugaba dominó; ellos le hablaron de una pariente suya, una muchacha casadera que vivía por Miguel Auza y que quería conocerlo. Como su suegro lo traía atravesado y con la bala cantada por haberse juntado con su hija siendo nomás un cargabultos sin abolengo, a Aurelio se le hizo buena idea otra vez cambiar de aires. 

Ahí una hija suya nos enseñó una carta a quienes la estábamos escuchando, una carta seguramente escrita por algún escribano del mercado Villa. Aurelio le contaba a la muchacha zacatecana que era soltero, que no tenía mayores compromisos por acá y que pronto iría a visitarla. Y se fue y se casó con ella, y allá tuvo más criaturas y allá fingió el olvido.

Dicen que una vez lo fue a buscar un señor igualito a él y que Aurelio le dijo que no, que él nunca había pisado Torreón, pero se despidió con un apretón de manos cariñoso y le deseó toda la suerte para que encontrara a su padre fugitivo. También dicen que esa noche se durmió llorando y a nadie le explicó por qué. 

Murió hace diez años, creyendo que su familia nunca supo de ese abandono, pero tras esa carta uno de los parientes de Gómez Palacio había mandado otra que la muchacha zacatecana guardó muy bien.

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