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2. No le eche, don Chicha

Más o menos pasó así. Hace algunos años, en un poblado muy colorido de San Luis Potosí, existió un señor al que le decían don Chicha, quién sabe por qué. Muy longevo él, tanto que cada vez que se escuchaba un doble tañido desde el campanario las criaturas en la escuela se divertían diciendo que de seguro ya se había muerto el tal don Chicha porque estaba muy viejito.

Alto, flaco, moreno; siempre muy formal de la cintura para abajo con su pantalón de vestir y sus botas cepilladas, pero de la cintura para arriba siempre llevaba sólo una playera interior blanca que se fajaba. Al señor lo recuerdan en el pueblo como personaje por dos aspectos, además de la longevidad: era el lechero tranza y le entraba duro a la bebida (cosa que era muy su asunto porque mal no le hacía a nadie y familia no tenía).

Todas las mañanas y por muchísimos años, desde chavillo, el buen don Chicha se despertaba directito a ordeñar sus vacas y se salía en bicicleta por todo el pueblo con una garrafota metálica a cada lado, y ahí se iba vendiendo los litros de leche de puerta en puerta. Dicen que ya con las garrafas vacías le gustaba meterse en la cantina y a veces ahí se gastaba toda la venta. Y también dicen que, en algún momento, a don Chicha se le dobló poquito la ética y comenzó a rebajar la leche con tantita agua, pero eran puros rumores.

Después se supo y se supo bien. Don Chicha había encontrado ya el sistema para que no lo descubrieran, por si alguien pasaba por su casa justo en el momento en que terminaba de ordeñar y trepaba las garrafas a la bicicleta. Todas las noches, antes de dormirse y llegara como llegara, el lechero le echaba a cada garrafa unos cuantos litros de agua; así cuando muy temprano las llenaba de leche ya nomás las meneaba un poco y nadie podría haber atestiguado que estuviera rebajada, porque eso pura maledicencia de la gente cizañosa.

Pues sucedió que una vez don Chicha bebió de más y ahí viene hacia su casa tambaleándose en la bicicleta por las calles terrosas del pueblo, ya muy de madrugada. A pesar de la borrachera, sí recordó muy responsablemente echarles agua a las garrafas y se fue a dormir. En la mañana, entre el estrago de aquella cruda insoportable, dicen, el anciano se apuró como pudo porque se había levantado tarde y ya pasada cierta hora la gente para qué quiere leche. Se acicaló los bigotes, se fajó su camiseta blanca y ya listo trepó a la bicicleta las dos garrafas pesadas, y ahí va pedaleando medio muerto.

Llega con la primera vecina, que sale con su ollita en mano reclamándole la tardanza; muy amiga ella de quien me refirió la historia. Y ahí se le acabó el turbio negocio al pobre y longevo señor, porque cuando le comienza a servir leche a la vecina, la olla se llena de pura y transparentísima agua. Y es que, entre los pesares de la cruda y las prisas tan peligrosas, al ingenioso de don Chicha se le había olvidado ordeñar la vaca.

Un día, no hace tanto, el toque a muerto de las campanas sí les dio la razón a los niños. Don Jesús, que así se llamaba, murió a los 90 y tantos años desprestigiado como lechero y sin que le alcanzara el tiempo para recuperar la confianza del pueblo.

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