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La depresión es poética, pero debe tratarse

octubre 24, 2023
depresión

Los matices de la depresión pueden resultar, peligrosamente, atractivos para los que escriben poesía, un género que explora emociones y que hurga en los rincones más profundos del ser humano para luego ser expuestos con un tratamiento estético.   

Algunos dicen que la poesía salva, ya que resulta un medio de catarsis para comunicar, y una herramienta artística que le puede dar sentido a estados de tristeza, desolación, o desesperanza. Pero… romantizar el caos y volverlo poético es un error que han cometido varios escritores a lo largo de la historia. 

En el imaginario, ser escritor puede vincularse a la figura de alguien atormentado, solitario y hasta con dependencia a alguna sustancia. Y si le agregamos el padecimiento de un trastorno mental, alentamos la idea de que la obra emergida de un ente triste estimulado es cosa de un genio literario. 

Hay de casos a casos, querido lector. Está el escritor argentino Rodolfo Fogwill, que escribió varias de sus obras bajo los afectos del polvo blanco. Por ejemplo, la materia prima para su libro Los pichiciegos (que lo catapultó a la cima literaria) fueron sus habilidades narrativas, claro, pero también 12 gramos de cocaína. Por otro lado, su personalidad lo llevó a ser catalogado como un escritor maldito, un término usado en el mundillo literario para hacer referencia a un escritor o poeta que en su vida y obra ha experimentado una serie de desafíos, tragedias y conflictos emocionales o sociales, a menudo asociados con problemas de salud mental, adicciones, marginalización o circunstancias difíciles en general. 

Los escritores malditos suelen ser vistos como figuras atormentadas, con una sensibilidad aguda hacia el sufrimiento humano y una tendencia a explorar en su escritura temas oscuros, tabúes o existenciales. A menudo, sus obras contienen elementos de autodestrucción, angustia, desesperación, soledad y crítica social profunda.

Ejemplos históricos de escritores considerados "malditos" incluyen a autores como Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe y más contemporáneos, como Sylvia Plath y Charles Bukowski. Estos escritores a menudo han enfrentado luchas personales, trastornos mentales, adicciones o dificultades sociales que se reflejan en sus obras y contribuyen a su reputación de "maldición" o "sufrimiento".

Aunque el término "escritor maldito" no es una categorización oficial o claramente definida, sí es una etiqueta cultural y literaria que se aplica retrospectivamente a ciertos escritores en función de sus vidas y obras.

Sin embargo, lo anterior es una mera generalización que no debe ser fundamentada. Pues no para todos funciona la fórmula 

                adicción + depresión + escritura = obra literaria maestra. 

Por ejemplo, el más reciente premio Nobel de Literatura, Jon Fosse, al respecto de beber durante el proceso de escritura, expuso en una entrevista para El País: “Nunca he podido escribir cuando bebía. Me volvía sentimental; perdía precisión, agudeza, foco, claridad”. Fosse aceptó que siempre ha existido la relación entre el alcohol y la escritura (“desde la antigua Atenas se hablaba de los poetas borrachos”, dijo), pero él identificó que incluso con poco alcohol su escritura se volvía pésima. 

Pero, querido lector, la idea central que intento destejer aquí es que, si bien la depresión o el descontento a la vida pueden resultar semillas poéticas para explotar en obras memorables, son, específicamente, problemas de la mente humana que deben tratarse. Aunque la poesía es una vía purificadora, no es la solución a los males de un alma atormentada. 

Hablando específicamente de poesía, varios son los escritores y escritoras que se han sentido tan ahogados por el sufrimiento, que no encontraron otra salida más que el suicidio.  Sylvia Plath, Anne Sexton, Paul Celan, Hart Crane, Vachel Lindsay son los nombres de algunas mujeres y hombres que con sus plumas deprimidas firmaron su propia sentencia. Fueron poetas que utilizaron metáforas y simbolismos para describir su experiencia emocional, incluidos los sentimientos asociados con la depresión. 

En el caso de la poeta estadounidense Silvia Plath, la muerte fue un tema recurrente en su obra, un final que intentó darse ante el escenario catastrófico que creaba su mente. En su poema Lady Lazarus así lo expresa: Morir/ Es un arte, como cualquier otra cosa/ Yo lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para sentirme hasta las heces./  Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don.

Plath y otros poetas que tomaron la decisión drástica de la no existencia, dejaron un impacto duradero en el mundo de la literatura, y mencionar sus nombres y su legado literario es importante, pero también resulta esencial abordar este tema con consideración hacia las luchas que enfrentaron.

La poesía puede ser terapéutica pero no es un reemplazo para el tratamiento profesional. 

Querido lector, si usted siente desasosiego y ha tenido alguna vez pensamientos suicidas, busque ayuda, le aseguro que no está solo. Encuéntrese en las voces poéticas de los que llaman “malditos”, incluso intente escribir lo que siente, pero no se quede ahí, acuda a un profesional porque usted merece vivir feliz. 

Todos podemos procurarnos una mente sana, y aunque la poesía no salva, sí resulta una válvula de escape. Ante estados de tristeza y desolación, querido lector, sugiero: contribúyale a la vida con un verso. 

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