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Las heridas alumbran

heridas alumbran

“Convierte el dolor en poesía”: fue un consejo que me lanzaron en los días de la penumbra. Pero yo no quise abusar de mi tristeza, me sonaba pretencioso el lucrar con lo me atravesaba el pecho. 

Dije no a la poesía, y elegí el silencio. Un tiempo sufrí de carencia poética. Pero, como escribió Edgar Allan Poe en El cuervo, “Nevermore”. ¡Querido lector, estoy de regreso!

Escribo esta columna con la esperanza de que mi alma recupere el color. Estoy decidida a volver a conectar con la poesía, porque convertir el dolor en creación es una manera de reconocerse en las sombras, de ubicarse en un estado puro para dejarse atravesar por el sufrimiento, y de ahí de alguna manera resurgir. 

El caos, el desasosiego, es y ha sido alimento para los poetas. Hombres y mujeres que escriben sobre qué y dónde les duele dejan obras memorables porque le gritan al mundo que la catástrofe bella no es precisamente un oxímoron. Así lo dice también el canto del Cerati: “La poesía es la única verdad, / sacar belleza del caos es virtud”. 

El abordaje de un dolor privado tiene potencial creativo. La estética puede emerger desde un desolado estado de desgracia. Lo que trato de decir, querido lector, es que las heridas alumbran, y convertir el dolor en creación es una oportunidad para salir con maestría del abismo. 

Creo firmemente que el dolor es sabio; de él pueden surgir mártires o genios. Transformar la vulnerabilidad en versos es una forma trasgresora de salir avante de un mal momento. Le aseguro que no se pierde dignidad en el acto poético. 

Para la poeta argentina Alejandra Pizarnik “el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”. 

La poesía, entonces, puede nacer en la miseria. Es como una lágrima espesa que tras un proceso de efervescencia lírica se convierte en diamante. 

Muchos, sino es que todos, son los poetas que nos han mostrado su desdicha a través de versos. Los actos detonantes del sufrimiento son vastos, pero el camino al vertedero es uno: la hoja en blanco. 

Por ejemplo, César Vallejo en su popular poema Los Heraldos Negros creó una metáfora en la que expresa que algunos momentos de la vida se sienten como “golpes como del odio de Dios”. Y ante ellos, el poeta expone que en algún momento sintió como si “la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma”. Querido lector, ¿ha sentido en algún momento, como Vallejo, ese poderoso golpe?...

Por otro lado, un día en el que Mario Benedetti no sintió que quería construir con palabras un puente indestructible, porque por alguna razón fue invadido por la desesperanza, tecleó su poema Ángelus que arranca con “Quién me iba a decir que el destino era esto”, y prosigue: “Aquí no hay cielo, / aquí no hay horizonte. / Hay una mesa grande para todos los brazos / y una silla que gira cuando quiero escaparme. / Otro día se acaba y el destino era esto”. Escribe el uruguayo con un tono de pesadez por la existencia: “es raro que uno tenga el tiempo de verse triste”; sin embargo, en ese verso, el prolífico escritor la proyecta. 

Pablo Neruda en su poema Punto, afirma: “No hay espacio más ancho que el dolor, / no hay universo como aquel que sangra”. Y sí, querido lector, hay sufrimientos que impactan tanto en nuestra vida que sólo hay espacio para que eso supure.  

Hasta aquí puedo escribir que nadie se salva. Todos por alguna razón (no importa cuál) sufriremos y experimentaremos un dolor físico o interno. No habrá treguas y descalzos tendremos que cruzar el desierto. Pero hay esperanza, porque, aunque la poesía no salva, sí le puede dar un sentido a nuestras heridas. 

Aunque me negué antes, yo ya estoy de camino al vertedero y comienzo a llenar hojas de mis días en la penumbra. Me convencí de que necesito esa sutura poética. 

No es sencillo escribir de lo que nos duele, pero le sugiero: usted también abuse de su tristeza, querido lector, y contribúyale a la vida con un verso. 

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