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No es ayahuasca, es poesía

poesía

Hace poco, una muy querida amiga me dijo que al escucharme hablar le parecía como si yo hubiera vivido la experiencia de la ayahuasca, porque me sentía, según ella, más iluminada. Yo me reí, y luego guardé silencio. Porque no. Ni tomé ayahuasca, ni me fui a un retiro espiritual, ni probé hongos, ni nada eso. Aunque no se lo dije, yo sabía qué era eso que, quizá, me hacía sonar más inspirada: la poesía. Sí, querido lector, la poesía. Aquí se lo explico. 

Cuando leo poesía, querido lector, resignifico muchas cosas. Como que le quito valor a lo mundano, a lo superficial y me lanzo a la profundidad, al misterio e intensidad del género. Pienso más allá.

Siento que la poesía me invita a explorar los confines de la conciencia y me conecta con aspectos más profundos de mi propia existencia. En la rutina todo se nos oculta, y el género se me plantó, desde hace años, como un vehículo para acceder a otras dimensiones. Ya sé, ya sé, suena mucho a lo que pensó mi amiga, pero no querido lector, no es la ayahuasca, es la poesía. 

La ayahuasca, con sus propiedades psicoactivas, lleva a quienes la consumen a estados alterados de conciencia, permitiendo el acceso a visiones, reflexiones y experiencias internas únicas, pero puedo escribir que la poesía, a través de sus metáforas, imágenes y ritmo, también ofrece la entrada a mundos simbólicos y emocionales, dónde yo he podido sumergirme más allá de la realidad cotidiana. 

No creo que esté en un plano superior, querido lector. Eso sí, a menudo me dispongo a escapar de las limitaciones de la percepción ordinaria y exploro nuevas dimensiones de la realidad, esto sin utilizar ningún tipo de sustancia. 

Tanto la ayahuasca como la poesía son instrumentos que buscan el significado y la conexión en un mundo a menudo caótico, pero, por mucho me orillo más por la segunda opción. 

No me juzgue si le digo que solo con leerla experimento una conexión con algo más grande que yo misma, y, le aseguro, hasta el momento no me ha llamado la atención ser parte de una ceremonia de ayahuasca en la selva amazónica. Prefiero la quietud de mi habitación y un brebaje de poesía alucinógena.

Querido lector: si desea que un amigo o quien sea lo perciba más iluminado, le sugiero consumir poesía, haga ese viaje poético a sus adentros, y ya en experiencia psicodélica, contribúyale a la vida con un verso. 

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