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Poesía al grito de guerra

poesía al grito de guerra

Después de cada guerra/ alguien tiene que limpiar./ No se van a ordenar solas las cosas,/ digo yo”, escribió la poeta polaca Wisława Szymborska, quien mereciera el Premio Nobel de Literatura en 1996. Y pienso en su profundidad disfrazada de simpleza, porque después de que estalla una guerra, es cierto, nadie se preocupa por limpiar el caos, visible y no visible.

Ese verso me hizo pensar en la lírica que se derrama en los conflictos, en toda esa poesía que se engendra como un grito en medio de la guerra, porque creo que desde una mirada poética todo se vuelve más agudo. ¿Cómo la fatalidad puede ser estética? 

La cuestión me la responden varios poetas; por ejemplo, Siegfried Sassoon, un escritor británico que, por su experiencia como oficial del Ejército británico en la Primera Guerra Mundial, dejó de legado varios poemas inspirados en la guerra. Uno en particular me estremeció por desmantelar las consecuencias del deber patriótico: la realidad perturbadora de los soldados posguerra. 

Sassoon la expresa con crudeza: “¿Importan, esos sueños en el hoyo?/ Puedes beber, olvidar y alegrarte,/ y la gente no dirá que estás loco;/ Porque saben que has luchado por tu país,/ y nadie se preocupará un poco”. Aquí el poeta describe el destino adverso de muchos soldados que sobreviven al encuentro armado, pero que pierden las piernas, la vista, la esperanza y su futuro por un país que, a su regreso, sí, será amable, pero por no llegar completos los orillará poco a poco a la sombra del olvido. “¿Importa? ¿Perder las piernas? / Porque la gente siempre será amable”.

La idea de alcanzar la falsa gloria en la cruenta batalla, la captura brutalmente la mirada poética de Wilfred Owen, un poeta británico reclutado a los 22 años como soldado en la Primera Guerra Mundial. En su poema Dulce et decorum est, denuncia lo que vivieron muchos jóvenes que querían convertirse en héroes luchando por su país, para ellos Owen, que vivió en carne propia los matices de la guerra, escribe: : “si tú también, en cada tumbo, pudieras oír la sangre/ saliendo a chorros de sus pulmones consumidos,/ obscena como un cáncer, amarga como el pus/ de llagas atroces e/ incurables en lenguas inocentes,/ entonces, amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo/ a unos chicos que ansían una gloria desesperada/ esa/ vieja Mentira: Dulce et decorum est/ Pro patria mori”. Aquí el joven poeta tergiversa la frase escrita por Horacio, que en español reza: "Dulce y honorable es morir por la patria".

Versos feroces se escriben en tiempos de guerra, querido lector; son las voces líricas de patrias heridas que han gritado y siguen gritando poesía. Como la de Anastasía Afanásieva, poeta ucraniana contemporánea que en un poema escrito tras la invasión rusa de Crimea y Donbas en 2014, se cuestionó: “¿Es posible la poesía/ en el momento en que/ se revuelve la historia,/ una vez que sus pasos/ reverberan en los corazones?/ Imposible hablar/ de cualquier otra cosa,/ hablar resulta imposible./ Mientras escribo esto/ muy cerca de mí/ se aniquila toda esperanza”. 

Hasta aquí, querido lector, expreso: el poder que tiene la poesía es inmenso, porque puede ser hasta la antítesis de una guerra. ¿Cómo la fatalidad puede ser estética?, escribí antes, y respondo: porque existieron y existen poetas con la disposición a abrirse el pecho para hablar de contextos violentos. 

La poesía conecta porque es humana. Y los versos en tiempos de guerra son una muestra. Arriba, los versos se refieren a la guerra como un conflicto social, pero también hay guerras internas que, si no se abordan, pueden acarrear fatales consecuencias.

Por ello, ante cualquier contienda, querido lector, acuda a la poesía y ordene desde la lírica todo lo adverso. Gritar poesía en tiempos de guerra es contrapuntear a la violencia. En la fatalidad hay belleza; ¿y sabe por qué?, porque todos podemos contribuir a la vida con un verso. 

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